La cosa más bella. 4
Cuando por fin el fregadero brilló y la encimera quedó impecable, se secó las manos en la camisa de Leo, alzó el volumen y se movió hacia la sala, donde las huellas del caos nocturno todavía eran visibles: una manta en el suelo, una taza volcada, y la chaqueta de Leo colgada en cualquier parte, Aileen sonrió, balanceando las caderas al ritmo de la música.
— Bueno, señor desorden... — dijo mientras tomaba la chaqueta — Veamos si logramos que esto parezca un hogar y no una cueva de lobos. — el cu