Mientras tanto, arriba, en una habitación aislada del bullicio del salón, Lilia intentaba calmar su respiración. Había estado evaluando cada rincón de la habitación: la cerradura oxidada de la puerta, la altura de las ventanas, y cualquier posible herramienta que pudiera usar. Durante años había sido la pieza pasiva en un tablero que otros movían, pero algo en ella había cambiado. No iba a esperar sentada a que alguien decidiera su destino.
Los pasos de los hombres afuera de su puerta resonaban