Leonard estaba de pie, con el rostro endurecido, frente al escritorio de su padre. El aire en el despacho era denso, cargado de ira. Detrás del enorme ventanal, el cielo comenzaba a teñirse de gris.
—No vas a hacerlo, ¿verdad? —preguntó el hombre, con la voz afilada, como un cuchillo lento hundiéndose—. No vas a arrastrar nuestro apellido al lodo.
Leonard no respondió. Sus ojos oscuros estaban fijos en el suelo, tenía la mandíbula tensa, las manos apretadas en los bolsillos. El silencio fue su