El salón principal de la mansión Volkov estaba en penumbra. Las sombras alargadas de la noche parecían arrastrarse por las paredes como susurros de un pasado que nunca se fue. Isabella caminaba de un lado a otro, descalza, con una bata de seda negra que se movía tras ella como un velo fúnebre.
Sus ojos, desorbitados, estaban fijos en una idea, una sola: la pérdida. Tatiana. Su Tatiana. La niña que crio como una joya de porcelana. Y que se atrevió a amar sin su bendición. Y por eso… por eso ya no