La noche era fría y silenciosa. Desde su encierro en la mansión de Alessandro, Anya se había acostumbrado a mirar la calle a través de los barrotes de la gran reja que la separaba de la libertad. Sabía que no podía escapar, que las cámaras y los guardias vigilaban cada uno de sus movimientos, pero, aun así, cada noche se permitía soñar con la posibilidad de que alguien viniera por ella.
Esa noche, el destino pareció responderle.
A lo lejos, entre las sombras de la calle solitaria, una figura se