El despacho de Igor Petrov estaba sumido en penumbras, apenas iluminado por la luz tenue de un cigarro consumiéndose en el cenicero. Alessandro se mantuvo de pie, firme, con el rostro inescrutable mientras su padre caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.
—¡Nikolai Volkov mató a tu hermana! —bramó Igor, con los ojos encendidos por la furia—. ¡Sangre por sangre, Alessandro! ¡No me importa si esto nos cuesta la maldita guerra, ese bastardo debe morir!
El silencio que se instaló entre