Había pasado un mes. Treinta días en los que Anya no había visto a Alessandro.
La primera semana esperó. Pensó que quizá regresaría, que vendría a reclamar lo que era suyo o a dejar claro qué lugar ocupaba ella en esa casa. Pero él nunca volvió.
Y en su ausencia, el servicio de la mansión decidió que no valía la pena tratarla con respeto.
Primero, fueron las miradas de desprecio. Luego, el silencio absoluto cuando pasaba cerca. Después, le dejaron de llevar comida.
Al principio pensó que era un