—Llévame a la universidad —pidió Anya.
—No, deberías caminar—dijo, pero cuando Anya fue a abrir la puerta del copiloto, él se adelantó, cerrándola de golpe
Anya lo miró, incrédula.
—¿Qué?
—Tienes piernas. Úsalas —su sonrisa era una burla teñida de rencor—. ¿No querías quedarte con él? Pues quédate. A ver si te recoge ahora, princesa.
—¡Leonard!
Pero su hermano ya estaba subiendo al auto. Encendió el motor, le dedicó una última mirada cargada de desprecio y aceleró sin miramientos, dejando tras