Lilia respiraba con dificultad, sintiendo el ardor punzante de las ataduras en su piel. Su blusa rasgada dejaba su hombro al descubierto, y la sensación del concreto helado contra su piel apenas la mantenía consciente. El miedo era un nudo apretado en su garganta.
Entonces, la puerta del almacén se abrió con un chirrido.
Los hombres se enderezaron de inmediato, como soldados cuando llega su comandante.
Y ahí estaba ella.
Débora Petrova entró con la seguridad de una reina. Sus tacones resonaron c