Artem
El despertar fue como ser golpeado por un bloque de hielo. La luz del sol invernal entraba por la ventana de nuestra habitación con una crueldad metálica, hiriéndome los ojos.
Tardé unos segundos en recordar por qué mi cabeza latía con la fuerza de un martillo hidráulico y por qué el sabor a vodka barato impregnaba mi garganta. Intenté moverme, pero mi cuerpo pesaba una tonelada.
—Naia… —murmuré, mi voz sonando como grava arrastrada por el suelo.
Extendí la mano hacia su lado de la cama,