Naia
El despertar fue lento, envuelto en la calidez de las sábanas de seda y el recuerdo aún vibrante de la noche anterior. Por un momento, me quedé inmóvil, esperando sentir el brazo de Artem rodeando mi cintura o su respiración pausada contra mi nuca pero el lado derecho de la cama estaba frío.
Me incorporé sobre los codos, parpadeando contra la luz del sol que se filtraba por las cortinas. Sobre la mesa de noche, una pequeña nota doblada descansaba junto a un vaso de agua. La tomé con dedos