Naia
El aire de la cabaña parecía haber cambiado de densidad después de mi charla con Katia. Ya no era solo oxígeno; era una mezcla de historia, dolor y una revelación que me quemaba por dentro. Miraba a Artem mientras cenábamos y cada uno de sus gestos la forma en que sostenía el tenedor, el modo en que sus ojos grises evitaban los míos de vez en cuando me contaba una historia diferente. Ya no veía al hombre que me compró en Nueva York; veía al superviviente de una carnicería que había pasado