Naia
El camino de regreso desde la farmacia del pueblo fue un borrón de nieve blanca y árboles esqueléticos.
En mi regazo, guardada dentro de una bolsa de papel marrón que parecía pesar toneladas, descansaba la pequeña caja de plástico. No nos atrevimos a hablar. El aire dentro de la camioneta estaba cargado de una tensión tan espesa que casi podía morderse. Katia conducía con la vista fija en la carretera, sus nudillos blancos apretando el volante, mientras yo simplemente miraba por la ventan