—¿Sí? —oí que contestaban.
La voz me sacó de mis pensamientos. Era Samantha, quien, con apenas ocho años, había asimilado a la perfección el brusco estilo telefónico de su padre.
—Hola, cariño —canturreé mientras me pone a cada vez más nerviosa —. Soy Yessica, de la oficina. ¿Está tu papá?
—Querrás decir mi padre —me corrigió, como siempre hacía cuando preguntaba por su «papá»—. Voy a avisarle.
Instantes después oí la voz de Markus y se me atravesó el corazón en la garganta.
—¿Qué pasa, EM