Eran poco más de las diez de la mañana de un frío 3 de enero y estaba, de hecho, contenta de hallarme en el trabajo.
Yo, ¿contenta? ¿ Quien lo diría?
Eliza hablaba efusivamente sobre un sujeto que había conocido en una fiesta de Fin de Año en Los Ángeles, un «compositor de canciones con muchísimo futuro», que había prometido ir a verla a Nueva York en las siguientes dos semanas.
Yo charlaba con un asistente de belleza que se sentaba al final del pasillo, un chico encantador que acababa de dip