Mundo ficciónIniciar sesiónLa paciencia de Alyssa comenzaba a agotarse, en especial porque se trataba de sus padres. Eran lo único que ella tenía, pues sin hermanos ni demás familia que conociera o tuviese, sus padres eran los únicos con los que ella siempre había contado. Con ellos y con Elian, pero ni sus años de amistad con él iban a hacer que ella sintiera extrema confianza hacia su amigo.
Eran amigos, pero antes de eso, también eran socios. Y, a veces, el trabajo se puede terminar interponiendo en las relaciones de amistad. Y Alyssa sabía que Elian tendría más fidelidad a sus padres que a ella; después de todo, Alyssa también haría lo mismo si llegaba a darse la oportunidad.
– Señor Caruso. –Dijo Alyssa, ella no planeaba que su voz sonara como una súplica, pero fue inevitable que su plegaria no fuese evidente. Sin embargo, se esforzó porque su mandíbula ni manos temblaran como ella sabía que su cuerpo estaba a nada de sucumbir.
– Eros, dijimos que no –Elian alzó su voz con dureza. Él miraba a Eros con odio, mientras que se levanta de su asiento y apoyaba sus manos sobre la mesa. Sin embargo, Eros simplemente se cruzó de brazos y mantenía su rostro inquietantemente pasivo–. Mamá dijo que...
– Tengo derecho a enterarme –le interrumpió Alyssa. Ella no alzó la voz, no se levantó ni hizo movimientos exagerados con su rostro o manos. Darío, quién permanecía en una esquina del comedor la miró de reojo, pero no dijo nada–. Señor Caruso, usted dijo por teléfono que había algo que debía decirme que yo tenía derecho a enterarme. Así como usted me prometió libertad y seguridad, debería darme también esta información.
Alessandro terminó suspirando, mientras miraba a su hijo Eros con una mirada significativa de recelo. Parecía querer reprenderlo, pero no lo hizo.
– Alyssa, tus padres se separaron. Tu madre, Viena, se fue a Inglaterra un tiempo. Estuvo intentando buscarte, contactar contigo, pero se lo prohibí. Tu padre se fue para Rumania; los chismes y rumores dicen que tiene una nueva amante allá.
Alyssa no lo quiso creer, se negaba siquiera a pensar en eso. Sus padres nunca habían sido la ejemplificación de pareja, amor o matrimonio. Pero de una pareja no muy amorosa a un divorcio secreto..., bueno, Alyssa se negaba a creerlo. En especial por el hecho de que su madre intentó buscarla, mientras que su padre en encontró a otra en tan poco tiempo.
– No...
– Tu madre, desde que te fuiste y supo que estabas con Elian, nos pedía que le diéramos la ubicación de la casa segura en Inglaterra. –Ahora fue Eros quien siguió relatando.
– ¡¿Y por qué no le dijeron en dónde estaba?! –Le reclamó Alyssa.
Eros le dio una mala mirada, severo y fría, como él. – Porque eras una protegida por nosotros. Si dejábamos la ubicación de nuestra casa segura a quien sea, no solamente tú estarías indefensa. Ya era lo suficientemente malo que estuviese tú allí y conocieras el lugar –él no parecía muy amable diciendo eso, en realidad, él parecía decir lo que los demás no se atrevían. Pero había un trasfondo en su voz que Alyssa conoció: lealtad y sinceridad, hacia su familia y hacia su mafia–. Si le tienes que reclamar a alguien, no es a mí: es a tu padre, quien estaba bastante feliz de que te estuvieses ido.
– ¡Eros! –Reprendió Alessandro, y Alyssa agradeció que lo callara: cada palabra que decía, volvía el corazón de Alyssa más pequeño–. Tus padres llevaban años juntos solo por ti, Alyssa, su matrimonio nunca fue sólido. Y siento que, de igual forma, ellos aprovecharon la oportunidad de tu huida cómo excusa para separarse, finalmente.
Alyssa simplemente tomó una profunda respiración y mantuvo sus emociones a raya. Pero allí estaba, aquel sentimiento que la invadió también el día de la azotea. Ella no quería demostrarle debilidad al señor Caruso ni a Eros, que por algún motivo la miraba muy evaluativamente.
Y aunque fue duro, tomó todo el esfuerzo de Alyssa para mantenerlo escondido en su interior. Pero ella sabía lo que sucedía dentro de sí; cada vez la mecha de esa bomba dentro de sí se acortaba y acortaba más. Llegaría un día donde tendría que explotar para poder seguir respirando, para mantenerse viva.
Pero ese día no era en ese momento.
– No tenía información sobre eso –respondió Alyssa simplemente, tomó aire–, espero hablar con ellos pronto para aclarar las cosas. Mientras tanto, recibiré su misión, señor Caruso. Espero que estemos a mano lo antes posible; y que usted cumpla su promesa de mantenerme a salvo.
Alessandro le sonrió a Alyssa, como si hubiese estado esperando que ella dijera eso.
– Bueno, ya que lo mencionas –Alessandro revolvió la comida de su plato, apartando unos extraños guisantes verdes de su comida. Alyssa poco había tocado su plato, en realidad, se sentía muy incómoda en aquella mesa. Y con aquella noticia que acababa de recibir, creyó que menos comería–. Podemos hablar de eso ahora.
Alyssa levantó su cabeza con rapidez. – Usted dijo que no tenía una misión para mí aún.
Alessandro le sonrió, mientras le indicaba a Eros que tomara asiento. Su hijo obedeció, pero no tomó el asiento junto a Alyssa. Parecía que hasta allí había llegado su lealtad. Sin embargo, Elian en su lugar miró a Alyssa con una mirada acongojada. Él no se veía muy feliz de que Alyssa tuviera una deuda con su padre.
– Estando en Inglaterra, no, no tenía nada por lo que pedirte a cambio del favor que te hice –Alessandro le sonrió de medio lado–. Pero, ahora, contigo aquí, tengo una misión que otorgarte y con la cual estaríamos a mano. No te preocupes, es algo que sabes hacer a la perfección.
Alyssa suspiró. Ella sabía que era eso, lo único para lo cual al parecer tenía valor.
– Dígame, señor. –Alyssa no estaba resignada, pero estaba consciente que ella debía pagar su deuda.
– Necesito que mates a los diez cabecillas de cada familia de la mafia de Alberto.
Alyssa tuvo que parpadear, sintiendo la conmoción como un camión a toda velocidad que impactaba contra ella sin verlo venir. Ella no era la única sorprendida, pues el primero en abrir los ojos y negarse por ella fue Elian.
– No, ella no –se negó él. En medio de su aturdimiento Alyssa quiso reclamarle a Elian de que él no podía hablar por ella, pero él continuó sin darle tiempo–. Padre, lo puede hacer cualquier otra persona, pero Silvia no.
Alyssa lo miró con indignación. – Es Alyssa. ¿Y por qué yo no?
– Porque... –él no tenía palabras, pero ella vio como evidentemente las mejillas de Elian se sonrojaron–, pues, por que no. No eres la indicada para ese trabajo.
Las palabras de Elian no eran de desprecio hacia ella, en realidad parecía que solo intentaba protegerla. Pero la risa burlona de Eros era sin duda eso: burla.
– No, ella no es la indicada. Yo sí –la voz de Eros era seria–. Sabes cómo falló hace cinco años en Puglia, no querrás que ella trabaje para ti ahora y falle como esa vez.
– ¡Fue hace cinco años, tú lo dijiste! –Alyssa le gritó. Ella sintió la mirada de Darío sobre sí, pero no le prestó atención. Ella tenía su orgullo, y aquello era lo único que la protegía de los demás en ese momento–. No fallaré otra vez.
– Dale una pistola a ver si se atreve y no huye cuando falle –Eros la miró, levantando una ceja–. Preferiría mil veces hacerlo yo antes de que tú ensucies el nombre de esta familia.
Esta vez Alyssa se levantó de su asiento y apuntó a Eros con un dedo.
– ¡Si tanto te jactas, ¿por qué no lo haces tú?! –Alyssa se rio burlonamente, como Eros lo hizo con ella un momento antes–. ¡¿O por qué tu padre no te lo pidió a ti, cierto?!
– Lo hice, pero eres tú la que está en deuda conmigo –la voz de Alessandro interrumpió su corta pelea antes de que se alargara. Aquello también fue el bofetón que Alyssa necesitó para volver a la realidad y tomar nuevamente su asiento, sin embargo, se negó a bajar su mentón. Ni siquiera ante la mirada fulminante de Darío y las ganas de llorar que se instalaron en la parte posterior de los ojos de Alyssa–. Te contraté a ti porque ese es tu trabajo y eso es lo que sabes a hacer. No justifico tu error, pero tampoco te señalaré por eso. Sé que lo que te estoy pidiendo es algo sumamente arriesgado, incluso más de lo que Alberto te pidió. Pero eres una asesina y eso es lo que harás, cueste lo que te cueste, porque conoces el negocio y tienes las agallas que se debe tener. Y tú, Eros, ya que pareces sentirte más preparado para la misión, la ayudarás.
– ¡¿Qué?! –Cualquiera creería que aquella fue la voz de Eros, quejándose, pero en realidad él estaba cruzado de brazos y con un rostro severo. No amaba la idea, pero él tampoco rechazaría la misión. Eros tenía también alma de soldado, sin duda.
La queja, en realidad, había sido de Elian. Él sin duda no se veía feliz de que Alyssa tuviese que hacer esa misión.
¿O quizás no le gustaba la idea de que Alyssa tuviera que hacer esa misión junto a Eros?
– Elian. –Era Emma, quien tenía una nota de advertencia en su voz.
– Madre, no puedes dejar que padre autorice esa misión –la madre de Elian era la consejera de Alessandro, así que podía darle su opinión y él tendría que oírla, eso lo sabía Alyssa en su poca información de cómo en realidad funcionaba una familia. Pero Emma no era la segunda al mando ni la sottocapo de Alessandro, así que ella no estaba autorizada para detener la misión–. Que Eros esté involucrado es un inminente...
– ...seguro de que todo saldrá como debe salir –le interrumpió Alessandro, su mirada hacia Elian lanzaba dagas–. Tu hermano fue entrenado para esto, Elian, él hará que todo suceda como si yo mismo estuviese en el lugar.
Y en ese momento, Alyssa se dio cuenta de que la mirada afilada de frialdad extrema y maldad de Eros provenía de Alessandro. Ambos eran capaces de ser intimidantes sin ningún tipo de esfuerzo y hacer que las victimas que miraran se retorcieron bajo ellos.
Lo único que a Alyssa le aliviaba era saber que, en cuanto acabara esa misión, ella no tendría nada que ver con los Caruso nunca más.
– ¿Estás dentro, Alyssa? –Alessandro giró sus ojos–. Ni sé para qué te pregunto: no tienes opción, porque ya aceptaste el acuerdo.
Alyssa tomó aire, mirando de soslayo a Eros. Él no la miraba de vuelta, sino que fijaba su mirada en la copa de vino que reposaba en sus manos. Si ella confirmaba realizar aquel trabajo, estaría obligada a ser supervisada por Eros, el tipo más engreído, insolente y endemoniadamente frío del mundo.
Por el otro lado, estaba Elian, mirándola con una mirada seria que era obvio lo que denotaba. Él estaba preocupado por ella, preocupado y asombrado de que Alyssa estuviese considerando hacer algo como eso.
Cuando Elian y ella huyeron a Inglaterra, él había hecho prometer a Silvia que jamás se vería nuevamente involucrada en el mundo del sicariato. Ella había jurado en aceptación, porque estaba dolida aún por lo sucedido y agradecida de no tener que enfrentar ninguna consecuencia. Pero la que juró ese día fue Silvia, no Alyssa.
Aunque debía pensar seriamente en cómo enfrentar su problema emocional. Tan solo imaginar que tendría que matar a hombres de muy alto rango en el mundo de la mafia, le alteraba ligeramente los latidos de su corazón. Si pensar en matar a un político la había aterrado por las consecuencias de que la atraparan, un mafioso era diez mil veces peor. Ellos te podían hacer desaparecer sin parpadear.
Pero el punto es que Alyssa no tenía muchas opciones.
– ¿Cuál es el plan, señor?
Alyssa miró como la sonrisa suficiencia de Alessandro se extendió por su rostro, así como oyó un gruñido salir de la garganta de Elian.
– Somos doce familias en la mafia italiana, cada una con su cabecilla; Alberto, sin embargo, es el jefe assoluto de los doce –explicó Alessandro, un toque de amargura en su voz provocaba que el acelerado corazón de Alyssa, lleno de ansiedad de por sí, se acelerara un poco más–. No quiero que mates a Alberto, de él me encargo yo. Tú matarás a los diez cabecillas restantes.
Elian negó con su cabeza, completamente en desacuerdo con lo que oía. Y Alyssa no podía entenderlo, pero ella no era la estratega en ese lugar, ella solo era la máquina de matar y eso estaba bien.
– Padre, ¿por qué querrías acabar con toda la mafia italiana? –Le preguntó Elian, con angustia en su voz.
– Sabes que mi única misión desde siempre ha sido convertir a la familia Caruso en la mafia más poderosa de toda Italia –Alessandro era ambicioso y el orgullo en su voz, evidente–. Y si para ello tengo que acabar con las demás mafias, usaré todo lo que tenga entonces para que suceda como quiero. Y matando a Alberto es la única forma en que yo puedo conseguir eso; quitándole su puesto, tu padre se convertirá entonces en el Don de toda la maldita familia italiana.
Elian parecía alterado de lo que oía. – Si solo quieres ocasionar una masacre como esa, mejor invítalos a todos a una fiesta y pon veneno en las bebidas alcohólicas. Tengo belladona entre mis cultivos que hice en Inglaterra; me parece una mejor opción usarla que recurrir a la violencia.
Alyssa siempre había admirado a Elian, su inteligencia y su cuidado hacia ella siempre le habían traído paz. Pero ahora, Alyssa acababa de dejar a Silvia atrás, la Silvia que había huido para no enfrentar sus responsabilidades. Ahora le tocaba dar vida a Alyssa, esa sicaria que no debía tenerle miedo a la muerte, porque era ella o eran los demás. Y ella no quería morir.
– Elian, esta es una discusión que no te incumbe en estos momentos –le acalló Alessandro, la mirada adolorida de Elian dejó a Alyssa incluso con una punzada en su pecho–, de hecho, ninguno de nosotros puede tener esta conversación aquí. Debemos hablarlo a solas en mi oficina, Alyssa, pero mañana. Hoy ya es tarde y supongo que vendrás agotada de tu viaje. Carina te guiará a una habitación de invitados y puedes quedarte ahí.
Alyssa no se levantó de su asiento, ni siquiera le emocionó la idea de dormir pese a que estaba sintiendo los efectos del cambio horario encima. Ella, en realidad, no quería quedarse en la casa Caruso ni un día más.
– Señor, no quiero sonar malagradecida, pero en realidad desearía poder ir a mi casa –Alyssa deseó ver a su madre, abrazarla y consolarla por lo de su padre. Bueno, en realidad, estar en donde sea le sonaba a una mejor idea que estar en la mansión Caruso–. Puedo volver mañana a primera hora para iniciar con los preparativos.
Alessandro chasqueó su lengua.
– Te quedarás aquí, y empezaremos mañana con los preparativos. Carina, por favor –y la muy sonriente sirvienta entró en la cocina, esperando por Alyssa. A ella, por su parte, se le hizo evidente que Alessandro no le daría otra opción, ni porque rogara, pataleara o amenazara. Con un suspiro se puso en pie y caminó fuera de la cocina, siguiendo a Carina y sin despedirse de nadie. Aunque la voz de Alessandro las interrumpió en medio camino, en el pleno umbral de la puerta de la cocina–. Oh, Alyssa, una cosa más.
Alyssa se detuvo, girando su rostro hacia Alessandro. Se le hizo casi imposible no ver a Eros en el proceso, y notar que él la estaba mirando mientras se iba. Sus ojos no expresaban nada; nada en él revelaba absolutamente nada.
– ¿Sí, señor?
– Olvidé decirte algo –Alessandro carraspeó, levantándose de su silla y acomodándose su traje negro, como el de Eros. Parecía que estaba preparándose para salir–: la única forma de que yo cumpla mi trato es que te vuelvas parte de esta familia; solo así puedo otorgarte protección ante Alberto... bueno, mientras él siga vivo.
Alyssa frunció su ceño, confundida. Sin embargo, todos en la sala se tensaron y miraron con asombro a Alessandro. Parecía que ella se estaba perdiendo de una parte de la información que todos los demás sí conocían.
– ¿A qué se refiere, señor?
– Que solo te puedo otorgar protección si eres una Caruso, por eso debes casarte con uno de mis hijos –Alyssa sintió que alma cayó inerte a sus pies. Eros se mantuvo inexpresivo, como si él ya supiese que eso sucedería, mientras que Elian estaba tan pálido que parecía que se desmayaría en cualquier momento–. Te permitiré como acto de buena fe que escojas con cuál, pero debes apresurarte si no quieres que Alberto descubra que ya estás aquí otra vez. Si eso sucede y no te has casado, no tendré potestad para protegerte de él o de nadie más.
La respiración de Alyssa se cortó, mientras ella solamente lograba escuchar los latidos de su corazón retumbar en su pecho. Ella no podía creer lo que realmente estaba sucediendo.
¿Era cierto?, ¿ella debía volverse una Caruso?
– Buenas noches, Alyssa Ferrara. Un gusto hacer negocios contigo. –Se despidió Alessandro, mientras se retiraba de la cocina y le hacía señas a Carina para que se llevara a Alyssa a una oscura y solitaria habitación de invitados.







