Habían pasado alrededor de tres horas y un poco más desde que la cuarta comida de Eros había pasado. Él casi no la tocaba, el temor de que estuviese envenenada o intoxicada con droga lo asechaba. Sin embargo, más que la comida, eran los constantes soldados que lo vigilaban lo que le atormentaba.
Su silenciosa vigilancia y las torturas.
Su cabello había sido cortado en formas desparejas. Su piel tenía múltiples laceraciones; ninguna profunda, pero que ardían al contacto contra las sogas. El hamb