—Buenos días, Artem. Conoces la decencia de avisar cuándo vendrás, ¿cierto? —Preguntó Eros, mientras le daba un trago a su café y baja a su regazo la docena de informes que le enviaban los guardias que estaban con Elián en Inglaterra.
No era de extrañarse, Elián aún no quería volver.
—Como dijo tu hermosa esposa, amigo, yo ya había dicho que vendría. Solo que no hoy —Artem se encogió de hombros mientras dejaba el vaso donde había estado bebiendo, ginebra probablemente, y tomó el asiento justo j