La cena en la mansión era tranquila, como la mayoría de las noches ahora. Jesús estaba agotado después de un día de explorar el mundo a gatas, dormía plácidamente en mis brazos. Frederick y yo estábamos en el comedor, disfrutando de un postre y de la calma que solo llega cuando la casa está en silencio.
No pude evitar sonreír, recordando el alboroto en la universidad.
—Oye, ¿sabes qué pasó hoy? —dije, jugando con el pastel de chocolate, hundiendo la cuchara repetidas veces—. Alguien, un donant