El auto de Frederick permanecía estacionado frente al edificio de la subasta, el motor en ralentí mientras yo clavaba mis uñas en el asiento de cuero. Travis Cood estaba allí, a menos de veinte metros de mí, fumando un cigarrillo como si no tuviera un careo pendiente con la justicia. O conmigo.
El recuerdo de aquella noche en el callejón volvió a mí con la fuerza de un tren: sus manos gruesas abriendo mi blusa, el olor a alcohol y tabaco barato, los insultos que escupía mientras su cómplice m