Los minutos se arrastraron en la fría y pestilente oscuridad del callejón. El suelo era demasiado frío para mis pies descalzos. Y por dentro, en mi corazón, sentía un vacío glacial que se había apoderado de mí desde que vi la vida irse de los ojos de mi padre. Estaba cubierta de sangre… Su sangre.
Mis sollozos se habían reducido a un temblor silencioso, los jadeos que me sacudía el cuerpo eran cada vez menores, como si el hecho de llorar me hubiera desgastado la energía.
Mi mente, entumeci