El camino de regreso a la mansión transcurría en un silencio espeso, roto solo por el suave rugido del motor. Charlotte estaba a mi lado, en el asiento del pasajero, mirando por la ventana, pero podía sentir la tensión que emanaba de ella. Cada vez que desaceleraba o tomaba una curva, mi mirada se desviaba hacia ella, hacia el moretón violáceo que adornaba su mejilla y las marcas rojas en su cuello.
No podía evitar apretar el volante cada vez que pensaba en él maldito de Charles, ahorcándola.