El grito de Miranda cortó el aire como un cuchillo, pero mi atención ya estaba clavada en Charlotte. En su postura de reina guerrera, en el fuego verde de sus ojos que brillaban con una mezcla de desafío y algo más profundo, más vulnerable, al verme. La admiración me ahogó, un orgullo feroz que palpitaba en cada latido. Había despertado. Completamente.
—¡Frederick! —Miranda, arrastrándose hacia mí como una araña herida, rompió el hechizo. Su voz era un chillido triunfante, lleno de lágrimas fin