No fuimos a la mansión. Frederick condujo en silencio, su perfil era una máscara de concentración impenetrable
Llegamos a un edificio cívico pequeño y discreto que conocía demasiado bien: la Oficina del Registro Civil. Era muy temprano, apenas estaban abriendo, pero Frederick Lancaster no conoce horarios ni negativas.
Dentro, su abogado, un hombre de rostro afilado y maletín de cuero impecable, ya estaba hablando con un funcionario aturdido.
—Frederick… ¿cómo está Willy? —susurré para que sol