Un golpe brusco en la puerta de metal me hizo saltar, el corazón disparado antes de que mis ojos se abrieran por completo.
—¡Levántese! —dijo un oficial que no reconocí, más joven y con una actitud de perro guardián—. Hora de la declaración
¿Declaración? ¿Yo cuando dije que iba a declarar?
Negué con la cabeza, reincorporándome con torpeza. Limpié la baba que salía de la comisura de mi labio. En algún punto de la madrugada, me quedé dormida. Al levantarme, lo primero que noté es que faltaba alg