Primero escuché el ruido de sus huesos y músculos chocar contra los escalones hasta llegar al piso. Después, nada. Un silencio absoluto que me heló la sangre. No se movía, ni se quejaba.
—Ana… —dije en un hilo de voz, no era capaz de controlar mi propia voz.
No hubo respuesta, pero en el fondo, sabía que no me respondería.
El peso de lo que había hecho cayó sobre mí.
Yo no quería hacerlo, fue un accidente. Ni siquiera la empujé.
Mis pies se movieron por si solos, bajando por el mismo camin