El olor a desinfectante y lejía aún flotaba en el aire del pasillo cuando salí de la habitación. Frederick, eficiente como siempre, ya había enviado a alguien a limpiar el desastre. La alfombra manchada había desaparecido, la manta de Willy también. Solo quedaba un vacío demasiado limpio, un silencio que gritaba la escena traumática de horas antes. Me envolví más en mi bata, sintiendo un frío que no venía del aire acondicionado.
Entré a la sala secundaria la del segundo piso, la cual me recibi