Sus dedos grandes y cálidos iban tomando un camino más peligroso, pero no me atreví a decir nada. Sus ojos azules estaban fijos en mi rostro, observándome con intensidad. Mi boca se mantuvo cerrada, como si estuviera sellada. Trataba de fingir que sí toque no era una distracción para mi, para nuestra conversación, pero era muy difícil. Pensé que perdería la batalla cuando sus dedos rozaron la liga de mis pantis, buscando apartarla.
Unos nudillos ligeros tocaron la puerta.
Frederick frunció e