Estaba leyendo un libro, con Cenizas sobre mi vientre, dormido, como si fuera el guardián de la pequeña criatura que crecía dentro de mí. Aunque algo me decía que era verdad, que defendería con garras y colmillos a mi bebé una vez que naciera. Ya me lo había demostrado al atacar a Miranda.
—¿Qué te he dicho sobre montar a tu bola de pelos en la cama? —habló una voz varonil.
Bajé el libro de romance para mirar al hombre que estaba afincado su cuerpo del marco de la puerta.
Ni siquiera sentí e