Maya
Llegué a la casa al amanecer. El dolor había empezado la tarde anterior, bajo, molesto, fácil de esconder mientras estaba en la casa de mi padre. Luego llegó el sangrado. Poco, pero suficiente para que mi loba dejara de moverse con calma dentro de mí y empezara a revolverse con una angustia que me ponía la piel caliente y las piernas flojas.
Tera me ofreció la mano. La tomé porque necesitaba hacerlo, no porque quisiera. El cuerpo me pesaba. Cada paso hasta la entrada me costó más de lo norm