50.
MICHAEL
No sé en qué momento exacto decido quedarme.
Solo sé que no me voy.
Las horas pasan lentas, espesas, como si el pasillo del edificio se hubiera convertido en un espacio fuera del tiempo. Me siento primero contra la pared, con la espalda apoyada en la puerta que ella cerró en mi cara. Esa misma puerta detrás de la cual está Raquel… y mis hijos. Pensarlo así todavía me sacude el pecho.
Escucho movimientos al principio. Pasos. El roce de algo cayendo. Luego nada. Silencio absoluto.
Me digo que va a abrir. Que necesita tiempo. Que está asustada. Que tiene derecho a estarlo. Me repito que no me moveré, que no puedo moverme, que si me voy esta vez quizá no vuelva a verla nunca más.
El día avanza. La luz del pasillo cambia. Los vecinos pasan y me miran raro, algunos con curiosidad, otros con abierta desconfianza. No me importa. No podría importar menos.
Pienso en Sara, en la casa vacía, en las maletas tiradas, en todo lo que quedó atrás. Pienso en el vientre que vi apenas unos segun