El trayecto hacia la hacienda fue un monólogo de silencios y paisajes que se desdibujaban tras el cristal. Cuatro horas de carretera me separaban del caos de la ciudad, de los susurros de los pasillos del hospital y de la sombra asfixiante de los Morel. A medida que el coche se internaba en las montañas, el aire se volvía más denso, cargado con el perfume embriagador del café maduro.
La Hacienda "El Triunfo" se alzaba ante mí como un monumento a la opulencia rural. Era una extensión vasta de co