El sol de la mañana entraba en la cocina del Instituto Lila con una intensidad que para Ariadna era reconfortante, pero que para Lila era una serie de impactos lumínicos que debía procesar, sobre la mesa de madera rugosa, un tazón de cerámica blanca contenía algo tan sencillo y, a la vez, tan complejo como avena con miel, al lado, una cuchara de plata descansaba como una herramienta alienígena.
Ariadna observaba a su hija, ya no estaba en una sala de juntas rodeada de tiburones corporativos, ni