El sol de la mañana entraba en la cocina del Instituto Lila con una intensidad que para Ariadna era reconfortante, pero que para Lila era una serie de impactos lumínicos que debía procesar, sobre la mesa de madera rugosa, un tazón de cerámica blanca contenía algo tan sencillo y, a la vez, tan complejo como avena con miel, al lado, una cuchara de plata descansaba como una herramienta alienígena.
Ariadna observaba a su hija, ya no estaba en una sala de juntas rodeada de tiburones corporativos, ni en una montaña helada empuñando un rifle, su campo de batalla ahora era una mesa de desayuno, y su arma más poderosa no era la tecnología ni el capital, sino una paciencia infinita y feroz.
—La cuchara no es una interfaz, Lila —susurró Ariadna, deslizando el utensilio hacia la pequeña—. Es una extensión de tu mano. Intenta sentir el peso del metal, no es código, es masa.
Lila extendió la mano, sus dedos se movían con una vacilación que partía el alma de Ariadna. En el tanque de la Maladeta, los