La luz de la mañana en el Instituto Lila era de un blanco quirúrgico que se filtraba a través de los grandes ventanales, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire, para cualquier persona, era una escena de paz, para Lila, era una serie de variables de refracción lumínica que su cerebro intentaba tabular de forma automática.
Ariadna se sentaba frente a ella cada mañana en la mesa de roble de la cocina, entre ambas, un cuaderno de dibujo y una caja de lápices de colores, Ariadna buscaba una chispa, un rastro de la niña que reía en los videos de cumpleaños, pero lo que encontraba era un espejo empañado.
—Lila, ¿puedes dibujar algo que te haga sentir feliz? —preguntó Ariadna, su voz suave, cargada de una esperanza que empezaba a desgastarse por los bordes.
Lila tomó el lápiz amarillo con una precisión mecánica, sus movimientos no tenían la vacilación creativa de una niña de su edad, tenían la eficiencia de un brazo robótico. Dibujó un círculo perfecto, luego, añadió línea