El estruendo del colapso estructural resonó en las entrañas de la montaña como el rugido de un gigante herido, no era un ruido seco; era el lamento del metal retorciéndose y el hormigón cediendo bajo las cargas de demolición que Julian Vane había sembrado como su última voluntad. En el centro del Nivel -4, el agua seguía subiendo, ahora mezclada con aceite hidráulico y el brillo iridiscente de los fluidos de refrigeración.
Ariadna apretaba a Lila contra su pecho con una fuerza que mezclaba el amor con el puro terror de volver a perderla, la niña, envuelta en la chaqueta táctica de su madre, respiraba con dificultad, sus ojos azules moviéndose erráticamente mientras intentaba procesar un mundo que ya no estaba hecho de datos violetas.
—¡Ethan, muévete! —gritó Ariadna, extendiendo una mano hacia él.
Ethan se apoyaba contra un servidor humeante, con el rostro cubierto de hollín y sangre, su pierna izquierda apenas le sostenía, y su brazo quemado colgaba a su costado, pero sus ojos brilla