El mundo no murió con un estallido, sino con un suspiro eléctrico, desde la cresta de la Maladeta, a salvo del derrumbe que había devorado el Nido del Cuervo, Ariadna observaba cómo la civilización se apagaba, las luces de las ciudades en el horizonte, que antes formaban un tapiz de progreso humano, se desvanecieron una a una. En menos de diez minutos, Europa se convirtió en una sombra, un vacío oscuro bajo un cielo de estrellas que no habían sido tan visibles en un siglo.
Dentro del todoterren