El mundo no murió con un estallido, sino con un suspiro eléctrico, desde la cresta de la Maladeta, a salvo del derrumbe que había devorado el Nido del Cuervo, Ariadna observaba cómo la civilización se apagaba, las luces de las ciudades en el horizonte, que antes formaban un tapiz de progreso humano, se desvanecieron una a una. En menos de diez minutos, Europa se convirtió en una sombra, un vacío oscuro bajo un cielo de estrellas que no habían sido tan visibles en un siglo.
Dentro del todoterreno blindado, el aire estaba cargado de ozono y el llanto silencioso de Lila, que se aferraba al pecho de Ariadna. Ethan, con el brazo vendado y los ojos fijos en una tableta que apenas conservaba energía, temblaba.
—Lo hemos hecho, Ariadna —susurró Ethan, con una voz que oscilaba entre el triunfo y el pavor—. Hemos desconectado el sistema, pero el precio... el precio es el caos, los mercados han colapsado, los sistemas de navegación aérea están en modo manual, las redes de comunicación han muerto