Ariadna se deslizó por el conducto de ventilación y cayó con la ligereza de un felino sobre el suelo de linóleo blanco del laboratorio, el contraste era brutal, atrás quedaba la roca bruta y el vapor, frente a ella se extendía un pasillo de una pulcritud quirúrgica, flanqueado por paneles de cristal líquido que mostraban flujos de datos constantes.
No había guardias humanos aquí, Julian Vane no confiaba en la carne y el hueso para proteger su santuario más íntimo, en su lugar, pequeñas torretas automáticas de defensa estaban ancladas al techo, sus sensores infrarrojos buscando cualquier rastro de calor que no fuera el de los robots de mantenimiento.
—Pégate a la pared izquierda —ordenó Ethan—. Hay un punto ciego en la frecuencia de actualización del sensor de la torreta B-12. Ahora... ¡corre!
Ariadna cruzó el pasillo en un estallido de velocidad controlada, su corazón martilleaba contra sus costillas, pero su mente estaba en calma, una calma forjada en el odio y la necesidad, al llega