Ariadna se deslizó por el conducto de ventilación y cayó con la ligereza de un felino sobre el suelo de linóleo blanco del laboratorio, el contraste era brutal, atrás quedaba la roca bruta y el vapor, frente a ella se extendía un pasillo de una pulcritud quirúrgica, flanqueado por paneles de cristal líquido que mostraban flujos de datos constantes.
No había guardias humanos aquí, Julian Vane no confiaba en la carne y el hueso para proteger su santuario más íntimo, en su lugar, pequeñas torretas