El "Caronte Terrestre" devoraba los kilómetros de la autopista A-22 como una bestia de obsidiana, dejando atrás el resplandor artificial de la ciudad para internarse en la penumbra de las tierras altas, la lluvia, que antes era una cortina pesada, se había transformado en un aguanieve punzante que golpeaba el blindaje del vehículo con el ritmo de un tambor de guerra, en el interior, la cabina era un santuario de luces LED azules y el zumbido constante de los ventiladores de los servidores, Aria