El silencio que siguió a la imagen de la niña en el piano fue más pesado que el hormigón del refugio, Ariadna sentía que la sangre se le había convertido en mercurio, pesada y tóxica, mientras observaba la pantalla ahora en negro, la risa grabada de la pequeña Lila, que minutos antes era un bálsamo de nostalgia, ahora resonaba en su mente como una condena, no era solo un vídeo, era el cebo de una trampa que había tardado cuatro años en cerrarse.
Ethan, pálido y con la respiración entrecortada, comenzó a teclear con una furia mecánica, sus dedos, aún debilitados por el asalto al hospital, buscaban el rastro de la señal que acababa de entrar.
—No puede ser ella, Ethan —susurró Ariadna, aunque su corazón le decía lo contrario—. Yo vi el coche arder. Yo vi los restos, Marcus... Marcus me juró que no hubo supervivientes.
Ethan se detuvo un segundo y miró a Ariadna a los ojos, había una verdad dolorosa que necesitaba ser dicha antes de que el primer disparo fuera efectuado en esta nueva gue