El metal de la puerta de la habitación 402 goteaba como cera fundida, emitiendo un fulgor naranja que iluminaba el rostro sudoroso de Ariadna, al otro lado, el zumbido del taladro térmico de Kaelen Vance se detuvo, reemplazado por un silencio mucho más aterrador, Ariadna miró a Ethan; sus ojos estaban fijos en ella, comunicando una urgencia muda, ella sabía que en el momento en que esa puerta cayera, la muerte entraría con la forma de un hombre.
—Aguanta, Ethan —susurró ella, y su dedo presionó