La lluvia caía sobre sus hombros como agujas de cristal líquido, calando hasta los huesos mientras Ariadna observaba la silueta del hospital San Judas, el edificio se alzaba como un coloso herido bajo el cielo eléctrico de una ciudad que se desmoronaba por el pulso de Cerbero, la multitud gritaba y golpeaba las vallas de seguridad en la entrada principal, exigiendo respuestas que nadie podía dar, mientras las luces de emergencia del hospital parpadeaban en un código morse de desesperación.
Pero