El suelo de la habitación 402 estaba helado, pero para Ethan Thorne, ese frío era el único recordatorio de que aún seguía vivo, sus pulmones ardían con cada bocanada de aire filtrado, y su cuerpo, una máquina que antes respondía con precisión quirúrgica, ahora se sentía como un conjunto de engranajes oxidados y cuerdas rotas, había caído de la cama en un intento desesperado por alcanzar el panel de control manual, y ahora se arrastraba centímetro a centímetro, dejando un rastro de sudor y esfuerzo sobre el linóleo.
Fuera de la habitación, el hospital era un caos de metal retorcido y alarmas silenciadas por el pulso de Cerbero, Ethan podía escuchar los ecos de las explosiones en los niveles inferiores, sabía que el edificio estaba muriendo, y con él, la única fortaleza que protegía a Ariadna, pero Ethan no era un hombre que aceptara la derrota, ni siquiera cuando su propio sistema nervioso lo traicionaba.
Sobre él, la pantalla del monitor cardíaco parpadeó violentamente, ya no mostraba