El suelo de la habitación 402 estaba helado, pero para Ethan Thorne, ese frío era el único recordatorio de que aún seguía vivo, sus pulmones ardían con cada bocanada de aire filtrado, y su cuerpo, una máquina que antes respondía con precisión quirúrgica, ahora se sentía como un conjunto de engranajes oxidados y cuerdas rotas, había caído de la cama en un intento desesperado por alcanzar el panel de control manual, y ahora se arrastraba centímetro a centímetro, dejando un rastro de sudor y esfue