Ariadna no creía en la suerte, en su mundo, la suerte era simplemente la etiqueta que los mediocres le ponían a una preparación meticulosa, tras salir de la oficina de Ethan, el silencio de la mansión Thorne se sentía como una presencia física, una densa capa de expectación que la obligaba a moverse con una calma gélida.
Sabía que Marcus estaba acorralado y que Elena Rostova era una jugadora que, al verse descubierta, no se retiraría, sino que duplicaría la apuesta, Ariadna no sabía exactamente