8. No van a quitarme más nada
Isabel
Está en cuclillas enfrente mío y aún así se ve aterradoramente grande y no puedo evitar pensar que ahora mismo yo debo verme como un cervatillo aterrado y él como el león a punto de devorarme.
—¿Por qué?—pregunto sin poder evitarlo y odiándome por no dejar de llorar.
Noto como sus ojos siguen el recorrido de mis lágrimas y podría jurar que hay un tic en su quijada antes de que esos ojos oscuros y letales regresen a los míos.
—¿Por qué, qué pajarito?
No puedo evitar fruncir el ceño por la