86. Me mentiste

Dante

El agua de la tina ha empezado a enfriarse, pero el calor que emana del cuerpo de Isabel contra el mío es suficiente para incendiar toda la mansión. La tengo recostada contra mi pecho, su espalda encajando perfectamente en el hueco de mi torso, y sus dedos pequeños juegan con el agua jabonosa. Siento una paz que me resulta extraña, casi insultante. Un hombre como yo no debería conocer esta calma; mis manos están diseñadas para apretar cuellos y jalar gatillos, no para sostener la fragilid
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