85. Dios de la guerra
Isabel
Una mezcla explosiva de rabia y placer me recorre. Rabia porque detesto que crea que puede ser dueño de otra persona, y placer porque, maldita sea, una parte de mí desea desesperadamente pertenecerle.
—No soy un objeto para poseer, Dante —le siseo, aunque mi voz suena más como una invitación que como una protesta.
Él vuelve a gruñir, pero esta vez hay una nota de diversión oscura en el sonido.
—No he dicho que lo seas. Pero eso no quita el hecho de que seas mía. Mía para besar.
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