209. Está muerto
Isabel
Corro por el pasillo a ciegas, tropezando con las paredes mientras el eco ensordecedor de los disparos a mis espaldas me empuja hacia adelante. Cada detonación resuena en mis oídos como un golpe físico. Llegó a la puerta de la habitación de invitados, entro de un golpe y la cierro detrás de mí, pasando el cerrojo con los dedos temblorosos. Apoyo la espalda contra la madera, jadeando, sintiendo que el aire me quema los pulmones. El llanto me ahoga, pero no hay tiempo para las lágrimas. La