Isabel
La negrura no se desvanece de golpe; se retira con una lentitud tortuosa, dejándome un sabor amargo a metal y químicos pegado a la lengua. Lo primero que recupero no es la vista, sino el dolor. Un zumbido ensordecedor me taladra las sienes, rítmico, compasándose con los latidos desbocados de mi corazón. Intento mover las manos para llevarlas a mi cabeza adolorida, pero el recorrido se interrumpe de inmediato con un tirón seco y un roce áspero que me quema las muñecas.
Cuerdas. Nylon grue