168. Eres mi hijo
Dante
El estudio es una tumba de silencio. El aire, denso y cargado con el aroma de la madera vieja y el tabaco que se ha quedado olvidado en el cenicero, me oprime los pulmones.
Me he servido un trago de bourbon, pero el vaso lleva diez minutos sobre el escritorio, intacto, mientras mi mirada está clavada en la penumbra de la habitación.
No estoy viendo los muebles, ni los libros, ni los diplomas colgados en la pared. Estoy viendo la cara de Gianna. Estoy viendo ese maldito instante, ese seg