Dante
Isabel se queda mirándome durante unos segundos que me parecen una puta eternidad en el frente, con el llanto rodando libremente por su rostro hermoso. El silencio de la alcoba se llena con el sonido de su respiración entrecortada mientras contempla el anillo y la firmeza de mi postura.
—Ha sido perfecto, Dante —dice finalmente, con una sonrisa hermosa rompiéndose en medio de las lágrimas—. No necesitaba ningún otro lugar ni ningún otro momento.
—¿Significa eso que dices que sí, pajarito?